“A Melero lo buscamos porque sabemos que nada
será igual después”
Preguntar a quien hizo las preguntas. Así se
podría resumir cualquier intento por acercarnos al autor de una biografía. Seguir
las huellas que otro ya recorrió. Así se podría resumir también esta entrevista
a Gustavo Álvarez Núñez, periodista detrás de “Ahora, antes y después” (Derivas, 2012), libro que recoge la
historia del músico trasandino Daniel
Melero (1958) desde su infancia, adolescencia y diferentes etapas de su carrera
como compositor, productor y solista hasta el año 2001. Una biografía que ocupa
la primera persona para que sea Melero quien reflexiones respecto al porno, la
ciencia, se detenga en la trastienda de su obra y se divida en comentarios
sobre clásicos como Charly García o Luis Alberto Spinetta.
Es también una biografía en donde Melero se
reconoce a sí mismo como un creador atípico. “Mucho
más que un músico en el sentido clásico, soy un oyente que llegó a manejar
instrumentos musicales. El tiempo que otros pasaron estudiando música, yo lo
pasé oyendo discos. Más que formación diría que tengo información”, declara
el autor de “Trátame suavemente” en el retrato firmado por Álvarez Núñez.
Ex director editorial de Los
Inrockuptibles, integrante de la desaparecida banda Spleen, poeta y autor del
volumen de relatos “Vidas epifánicas” (Mansalva),
Álvarez Núñez es seguidor de Melero desde la época en que el trasandino acaparaba
las miradas como líder de Los Encargados, y gracias a una relación que se
remonta a más de dos décadas es un
conocedor de la historia oficial de Melero, pero también de la cara menos
popular de una figura mil veces mitificada.
“Una de
las primeras entrevistas que hice en Los Inrockuptibles fue a Daniel. La
realizamos con otro colaborador de la revista, Hernán Ferreirós. Los tres la
pasamos muy bien charlando de discos, mujeres, ciencia, pornografía, televisión
y un largo etc. Así se fue dando un vínculo. Hernán le iba a armar el sitio web
a Melero -que nunca se terminó de plasmar- y ahí es donde yo encontré el
vórtice para el libro, porque Daniel quería que le escriba el texto biográfico
del sitio”, recuerda Álvarez Núñez sobre el origen de “Ahora, antes y después”.
“Melero
es el entrevistado que todo periodista novato desea. Te puede construir un gran
reportaje sin que vos emitas muchas palabras. Fue muy sencillo trabajar con
Daniel”, admite sobre una biografía que no llegó a las tiendas hasta el año
pasado. “El libro se editó después de casi
diez años en que fue concebido. Pasó por miles de avatares, como la misma
realidad argentina”, resume sobre el retraso en la publicación del texto.
¿Qué tan complejo fue
decidir que las conversaciones con
Daniel Melero se podían transformar en una biografía?
No tengo en claro si es una biografía o una
autobiografía, como sugirió Rafael Cippolini en la presentación del libro.
Sabemos que habla la voz de un Daniel Melero que rememora y a veces sentencia.
En todo caso, no tuve la intención de escribir una biografía, sino trazar las
puntas del iceberg que es el pensamiento de Melero. Bucear lo más que se podía
en el modo en cómo piensa, ese fue mi objetivo. En cuanto al género como
lector, soy poco asiduo. En verdad me gusta más la ficción biográfica, la posibilidad
que tiene un escritor de usar su vida como experiencia biográfica. Por eso
escribí Vidas epifánicas, un libro de
relatos a partir de epifanías de músicos (desde Brian Eno y Keith Richards a
Miles Davis, y Lee “Scratch” Perry), escritores (Paulo Leminski, José
Hernández, Lucio V. Mansilla, Clarice Lispector) o actores, para sondear en
esos momentos cruciales donde alguien elige su lugar en la vida.
La realización de un
texto biográfico implica crear una mitología de la identidad. Con esta biografía,
hasta qué punto te interesaba –o te interesa- mantener mitos, destruir o crear nuevos mitos asociados a la
figura de Melero.
Daniel dice que yo mostré la bestia que hay en
él. Que el Melero conocido estaba inequívocamente asociado a una persona con un
discurso ilustrado. Y que “Ahora, Antes
y Después” vino a subvertir esa
imagen. Mi intención era mostrar un Melero más cotidiano, o por lo menos, el
que yo conocía detrás de bambalinas.
En ese sentido, cómo
observas el efecto que puede tener un texto de esta naturaleza en el público,
si pensamos que veces es mejor nunca conocer tanto a los ídolos.
Algo que siempre es paradójico en cuanto a la
recepción de la obra y a la influencia de Melero, es que mucha gente es más
permeable a su discurso que a su producción musical. Y si toda biografía
muestra lugares escatológicos o peligrosamente custodiados del sujeto en
cuestión, en “Ahora, Antes y Después”
casi todo está puesto en la superficie. Paul Valery decía que “lo más profundo
del hombre es la piel”… No busqué ni me esmeré en husmear los típicos aspectos
biográficos, sino que me zambullí en todo lo relativo a la formación,
desarrollo y concreción de una estructura de pensamiento muy particular y
valiosa.
En el texto aparece el
pensamiento de Melero fragmentado y mezclado con sus propios recuerdos
biográficos. Hasta se podría mirar como una autobiografía teórica, pero se
trata de un recurso que tú elegiste, al restarte como entrevistador. ¿Por qué decidiste apostar por desaparecer
como el biógrafo de Melero?
Tenía en la cabeza textos como El libro del desasosiego del poeta
Fernando Pessoa o Minima moralia del
filósofo Theodor Adorno. Me gustaba la idea de que el lector entre por
cualquier lugar y encuentre algo que lo colme. Que no haya raíz, ni un abajo ni
un arriba. Esto acompañaba mi visión del lugar de Melero en el rock argentino:
parece venir de ningún lugar. O es un extraterrestre, como creyeron sus
amiguitos del club cuando tenía 12 años*.
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Melero + Álvarez Núñez |
Es muy interesante la
aclaración que haces al inicio el texto, cuando explicas que la época que
retrata el libro es pre “Vaquero”(Melero, 2001), pre “Jessico” (Babasonicos,
2001) pre tragedia Cromañón, es decir,
antes de la última crisis argentina, pero también antes de myspace y el auge de
Internet como lo conocemos. ¿Crees que estos sucesos políticos y culturales han
definido un nuevo pensamiento en Melero? Hablo de uno distinto; de haber cambiado, ¿existiría una suerte de “segundo
Melero” que quedaría por conocer?
En varias oportunidades él ha insistido con que
hace falta una versión 2.0 de esta biografía. Conociéndolo, más que cambiar, ha
ahondado en sus percepciones e intuiciones. Melero es siempre de la observación
de lo mínimo; rescata cómo procede lo máximo. Ese movimiento es capital en su
abordaje de la realidad. Lo importante es su matriz que le proporciona una
sutileza única a la hora de inmiscuirse en problemáticas nuevas. En zonas donde
otros se encuentran con un lodazal, él sólo se topa con diamantes en bruto. No
creo que Melero haya cambiado en lo estructural desde que tuvimos aquellas
conversaciones a fines de los años 90, sino que ha profundizado en
conocimientos que siempre le han atraído. Antes podía ser la bioética, hoy el
mundo de los insectos. Y me parece interesante que en esas búsquedas, hay detrás
una transpolación interesante al mundo del rock. A cómo nos movemos, cómo
generamos o no cambios…
En el prólogo del
libro, Diego Tuñón –tecladista de Babasónicos- refuerza la imagen del Melero
líder y acogedor cuando dice: “En la actualidad sabe exactamente los discos que
salen, qué bandas escuchar (…) por eso los grupos nuevos todo el tiempo
recurren a él”. Sin embargo, es Melero el que admite en el texto que es él
quien busca a los nuevos para
interactuar con ideas frescas. ¿Cómo observas tú estas figuras, la del Melero
tótem y la del Melero siempre deseoso de aprender del presente?
A Melero lo buscamos porque sabemos que nada
será igual después. El tipo tiene la lámpara de Aladino. Pero no esperamos que
broten nuevos objetos, sino vérnoslas con nuestros propios miedos a cambiar; o
cómo hacer de nuestras inseguridades un campo fértil para potenciar lo
desconocido. La mejor lección de Melero es como la del maestro zen: el cambio
sólo se da yendo hacia el cambio.
En el inicio del libro
tú declaras sobre Melero: “su música, su presencia y su discurso potenciaron
más debates y escándalos que muchos de sus colegas, proponiéndoselo, no
lograron ni por asomo”. Con eso te refieres a la dimensión política de su obra.
¿Podrías precisar más en qué sentido Melero encara el poder? ¿Según tú, en
dónde aparecen esos debates y esas manifestaciones?
Pienso en el Melero del (Festival) BARock 82,
poniendo en conflicto la idea de qué era ser rockero en ese comienzo de década:
si aceptar el paso del tiempo y las transformaciones que se habían llevado a
cabo -por eso su grupo, Los Encargados, tocaba con máquinas-, o seguir
insistiendo con la fotocopia anacrónica del rockero hippón. Después, acompañando a grupos que apostaban por sonidos
menos establecidos, transformándose en “vocero” de las nuevas tendencias, desde
su incursión en la producción en los años 80 y luego en los 90 a su cuidada trayectoria
solista. Y llevando a Soda Stereo -en su estadía como cuarto integrante- a
redefinir su paleta sonora, rescatando influencias de los años 70 del rock
argentino con “Canción animal” (1990), o inmiscuyéndose en texturas y capas de
sonido novedosas como fue “Dynamo” (1992); corriendo así el límite de lo que se
espera de Soda.
Además, desaprovechar oportunidades comerciales
ha sido una constante en su trayectoria. No hay nada más político que desoír a
las sirenas del vil metal. Discos como “Operación escuchar” (1995), claramente
entroncan con una mirada crítica sobre el mercado, sobre cómo operar en el
mercado. Su lucha con el poder está más vinculada a la microfísica del poder
foucaultiano: inmiscuirse en luchas pequeñas y puntuales, para leer desde allí
algo mayor. En pleno auge de la música electrónica, lanza un disco como “Piano”
(1999), donde caben nada más su voz y el acompañamiento de Diego Vainer en el
piano. Esa indagación en el conflicto es propio de su lugar político en un
universo como el rock, más atento a los eslóganes y los discursos básicos.
El capítulo del libro “Las
piezas del museo” es muy interesante, porque es Melero refiriéndose a los
grandes nombres del rock argentino, criticando a unos y declarándose seguidor
de otros. ¿En donde ubicas a Melero dentro de este panorama? ¿Si no es parte
del museo, en dónde está Melero?
Melero sería la galería de arte chiquita, donde
descubrís los artistas del mañana. Nunca será un museo de cera ni pretenderá
ser una retrospectiva masiva, sino el incunable que espera su lector.
Hacia las últimas
páginas del libro aparece un Melero muy interesado en la ciencia y algo decepcionado
del arte. “El arte, como mecanismo de cambio, está agotado”, sostiene. ¿En qué
medida esa sentencia se puede vincular a su propia obra? ¿Crees que aún se
sostiene Melero como creador o su fuerza provocadora y revolucionaria de fines
de la década pasada ya desapareció?
Lo que me interesa del último Melero es su
desparpajo por incluirse y transmutarse en otros: el trabajo que lleva a cabo
con su grupo de los últimos tiempos, en el vínculo que tiene con Yuliano Acri,
Félix Cristiani y Tomás Barry, por ejemplo, es la de un hombre que desea seguir
investigando y poniendo en conflicto sus certezas. Además, ha logrado
convertirse en un clásico sin necesidad de ser un mármol viviente. Digo, puede
vivir y hacer del error un paso más en el insondable camino hacia la belleza.
Esta entrevista fue publicada en LuchaLibro
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