El jueves 14 de abril la recordada agrupación
argentina Suárez se presentará en Discoteque Blondie luego de casi dos décadas
sin pisar tierras locales. Show de culto para fanáticos y una oportunidad para
jugar a correr el tiempo hacia atrás y revivir un sonido que marcó los 90 en
ambos lados de la cordillera. Aquí, la banda –los cinco amigos, los cinco
músicos, los cinco protagonistas- nos cuentan cómo intentan recuperar el pasado
sin alimentar nostalgias ni espejismos de un nuevo futuro juntos.
No hubo tiempo
para conversar, saldar eventuales cuentas pendientes o sentarse a mirar
antiguas fotos. Nada de eso. El reencuentro fue sin preámbulos; se juntaron en
una sala de ensayo y se dedicaron a lo que más querían hacer: tocar, cantar y
desempolvar el repertorio que habían dejado en pausa hace más de quince años.
Así fue cómo Suárez, el combo bonaerense integrado por Rosario Bléfari (voz) Fabio
Suárez (bajo), Marcelo Zanelli
(guitarra), Gonzalo Córdoba
(guitarra) y Diego Fosser (batería)
se rearmó como si nada. La “excusa” fue el estreno de la primera parte del
documental sobre la banda, “Entre dos luces” de Fernando Blanco, en noviembre pasado
en Mar del Plata.
“Cuando presentaron
la película me preguntaron si existía la posibilidad de reunir al grupo, a lo
que dije que no, porque estábamos muy alejados”, cuenta Rosario Bléfari desde Argentina. “Además había poquísimo tiempo
para hacerlo y no estaba en nuestros planes. Pero al comentarle la propuesta a
los demás, todos querían o no les parecía imposible”, explica la cantante. Gonzalo Córdoba añade que pese a llevar
tiempo sin verse, todos querían volver (al menos) a presentarse en vivo. “El
documental trata sobre nuestra primera época, y eso despertó el recuerdo de
cómo nos divertíamos. Y nos juntamos de manera impensada, sólo por el placer de
lo imprevisto”, comenta el guitarrista.
El primer
resultado del regreso de Suárez fue una energética presentación en Mar del
Plata junto a los seguidores de siempre y nuevos fanáticos. Para nadie fue una
sorpresa, entonces, que se programara un segundo concierto en Buenos Aires, en
marzo de este año en el conocido Centro Cultural Konex. “Ese show me sorprendió, fue mucho más de lo que esperaba”, comenta Diego Fosser. El baterista concuerda
con el resto de sus compañeros en que este nuevo contacto con el público les
permitió reconocer los cambios entre sus seguidores. Y no sólo por la
diversidad de edad y generaciones. “El público se multiplicó y se “cancherizó”,
como los fans de futbol. En los noventa esa experiencia la vivimos justamente
en Santiago, fue algo muy lindo, con la gente cantando las canciones y todo
eso. ¡Ahora espero que Santiago le gane al Konex!”, añade entre risas.
¿Por qué Suárez aún mantiene ese estado de alerta en sus fanáticos?
¿Simple efecto de memorabilia local o
por la búsqueda de un sonido que no se ha vuelto a repetir en el contexto
latinoamericano? Para los Suárez se trata de lo uno y delo otro. “Creo
que está relacionado con esos estados emocionales atesorados, igual que nos
pasa a nosotros; sensaciones, viajes intensos, dulces y ácidos que han quedado
alojados en la memoria del que nos escuchó hace quince años o hace un año. Son
canciones y timbres muy particulares también”, se explica Rosario Bléfari.
Su compañero en la guitarra, Marcelo Zanelli va un poco más allá: “Suárez
tiene canciones sin tiempo y una forma de hacerlas sonar que es…no sé qué
palabra usar…muy suárez. Hay algo de
misterio ahí. Además, la banda forma parte de un inicio, que junto con otros
grupos, puso algo en marcha. Había una saludable urgencia en todas nuestras
acciones”.
Otro galope
Pese a que los cinco músicos insisten en que la
reunión de Suárez surgió casi de manera
espontánea, todos comparten en mayor o menor medida una misma sensación: nunca
lograron olvidarse de la banda que como amigos mantuvieron y con la que
editaron discos tan memorables como “Horrible” (1995) o “Excursiones” (1999). “La
verdad es que estaba justo empezando a no extrañar a Suárez”, ironiza Fabio Suárez desde la capital
trasandina a la hora de pensar en los últimos conciertos. Lo mismo detalla Bléfari,
quien resta importancia a la nostalgia: “¡No sabía que los extrañaba hasta que
nos juntamos de nuevo! Trato de vivir el presente y estoy siempre con nuevos
planes, pero ahora Suárez se transformó en parte del presente y me gusta
mucho”.
Más melancólico, el guitarrista Marcelo Zanelli agrega: “Redescubrir a
Suárez y volver a escuchar los discos con otra perspectiva me gustó tanto que
ahí sí digo… esas canciones, esa forma de armarlas y buscar el sonido. Me digo
qué lindo volver a tocar estas canciones que me gustan. En fin, me parece que
es una forma un poco elíptica de reconocer que sí, que extrañaba a Suárez”. En
tanto, Diego Fosser no oculta que siempre añoró volver a la
formación original. “La banda es el proyecto más importante en el que
participé, el que hizo realidad todo lo que había soñado cuando empecé a tocar
la batería a los catorce años”, admite.
¿Pero ese
recuerdo es suficiente para que Suárez siga con vida de manera indefinida? Ni
ellos lo saben. Cada uno de los integrantes ha seguido caminos muy diversos
como psicólogos, abogados, actores, cantantes (Bléfari siguió publicando en
solitario o con Sué Mon Mont), trabajando en radio o docencia, como para retomar las riendas de una banda.
Además, el contexto discográfico y de difusión –entre la maraña de internet,
productoras, marketing, redes sociales- es otro para un grupo icónico en lo que
se pudo denominar como el under y el rock alternativo o independiente de hace
dos décadas en Argentina. Corren otros tiempos y ellos lo saben. “Me parece que
el oído cambió y también la tecnología. La difusión es otra y ahora no dependes
de unas radios o de un suplemento o si advierte tu presencia una compañía
discográfica”, dice Zanelli.
Así, los
aparentes cambios en la industria, reconocen los Suárez, podrían ser tan
provechosos como improductivos. Rosario
Bléfari advierte que este nuevo contexto permite una relación más directa
entre músicos y público, pero es escéptica a la hora de seguir esa ruta. “Hoy las
grandes marcas o productoras no se juegan por nada, invierten poco y a veces
frenan el camino de una banda. No lo conozco desde adentro, pero he visto casos
de quienes por entrar en una cosa así perdieron lo que habían conseguido siendo
independientes. De todas maneras siempre son arduos caminos, y todos son
diferentes; aquellos que pueden hacer un camino con la presión y el apoyo de
una discográfica, y les resulta, muy bien, pero es bien difícil porque debes
responder a una expectativa. Tal vez podés hacer algo, conseguir que te paguen
algo, un video por ejemplo, y salirte. Nunca fue mi opción ni mi camino, pero
no soy quien para decir qué le conviene a cada uno. Personalmente me gusta
cuando hay un camino hecho por la relación con el público que va creciendo o se
va afianzando o va cambiando. Eso es muy valioso”, sostiene la cantante.
Los veo aparecer
El show de
Suárez en Chile el 14 abril en la
Blondie será el tercer concierto de la banda luego de esta reunión fugaz. No
tienen idea si se vienen más fechas. O al menos eso prefieren adelantar.
Vendrán y puede que desaparezcan como ya lo hicieron una vez. Sin embargo, el
regreso a Chile parecía una cita obligada, después de años de compartir escenario
y colaboraciones con bandas como Pánico o Congelador.
“En Chile
siempre fuimos muy bien tratados por la gente, que era muy cariñosa y amable.
Además hicimos nuestro primer documental allí”, recuerda Fabio Suárez sobre su vínculo con tierras nacionales. “Cuando estuvimos en Santiago y Concepción
siempre nos trataron muy bien, y me sorprendió en ese momento el nivel de
información que manejaban sobre la música independiente de todo el mundo en una
era pre-internet. Recuerdo haberme vuelto con varios cassettes grabados que nos
pasaron con novedades del momento”, añade Gonzalo
Córdoba.
Para Rosario Bléfari este
nuevo recital en Chile será como una primera vez, ya que algunos integrantes de
la banda nunca habían cruzado la cordillera junto a Suárez. “Todo va a ser nuevo y será como una presentación,
vamos a “conocer” al público nuevo y al de antes”, dice entusiasmada.
¿Qué podemos esperar para
después? ¿Se viene nuevo disco de Suárez? Son preguntas que es imposible no
lanzar. “Estoy abierto a lo que venga y a lo pueda llegar y la verdad es que no
lo sé. Si lo supiera no lo ocultaría; si
surgiera esa posibilidad, diría que sí”, afirma Marcelo Zanelli.
Por su lado, Bléfari no cierra la puerta: “No sabemos si se viene nuevo disco.
Juro que no. Pero así como no sabíamos que íbamos a volver a tocar alguna vez,
ahora ya tampoco me animo a decir como antes: no creo. Porque los hechos me
desmintieron”.
A la hora de escribir sobre el regreso de Suárez a Chile, pensé en la oportunidad
de sumar más voces de testigos o seguidores que pudieran aportar
una imagen de lo que fue/es la banda en Argentina, específicamente en Buenos
Aires. Siempre tuve en mente a dos personas: el crítico Pablo Schanton y el cantante y
compositor Ignacio Herbojo. Después, cuando terminé de rearmar las preguntas y
respuestas a los cinco Suárez, me di cuenta que la breve historia de su show en
Santiago no soportaba más actores que los propios músicos. Sin embargo,
Schanton y Herbojo contestaron a mis preguntas de manera tan directa y
relevante que no valía la pena guardar sus testimonios. Acá van.
Dice Pablo
Schanton:
Por empezar,
definamos: Suárez es al indie lo que los Redondos al rock independiente del ala
La Renga en adelante. Sin mucha militancia explícita (recordemos que la
estética "slacker" de los 90 no lo hubiera permitido), Suárez fue
independiente a pesar de cómo evolucionó el mercado del rock
"alternativo" de la época. Sin Suárez no existirían ni Rosal ni El
mató a un policía motorizado, y sus actuales consecuencias. Es decir, es un
grupo-bandera de una ética frente al mercado musical y una estética frente al
conservador rock nacional hegemónico que ya quedó en la historia.
La Argentina
es afecta a los homenajes, especialmente si son post mortem, al museo, al
folclore. Por eso, no es casual que una documental haya sido el motor de la
reunión de los Suárez, que han sido canonizados como leyenda indie nacional &
pop forever. Su discreción a la hora de reunirse tras 15 años demuestra que a
ellos tampoco les cabe mucho esto de la nostalgia y las leyendas vivas.
Conozco a
Suárez desde el comienzo. Los vi en sótanos muy sótanos al borde del amanecer y
hasta en terrazas muy altas de madrugada, y sigo a Rosario en todo lo que
emprende. Yo estoy contento con los proyectos de ella, y con haber visto y
vivido a Suárez mientras duró. No me gustan las reuniones ni el retro nostálgico
en general. Pero no puedo negar que volver a escuchar "Falso ladrido"
a pulso de Fosser y llevado por la guitarra de Gonzalo no dejó de emocionarme
muy profundamente. Así de simple: hay cientos de bandas "indie" hoy,
post-Suárez en todo sentido (hasta en la formación), pero ninguna canción pega
con la carga poética (en sentido lírico y musical) como una de Suárez. Y dicho,
lejos de lustrar la leyenda y el bal bla blá...
Ver en vivo
a esa banda -cuatro hombres detrás de/junto a una mujer que canta, baila, toca
instrumentos inverosímiles y actúa y tanto más- es una experiencia única por su
carga rockera y dramática. Y como en Sudamérica siempre se necesitan las
"versiones locales de", Suárez (el nombre remite un poco a Smiths,
¿no?) funcionó como un Sonic Youth con olor a ruta de provincia, a madrugada
metropolitana. Justamente, las referencias líricas de una de las mejores
letristas de este país, que es Rosario, connotan un tipo de vida urbana y de
salida de la ciudad que tienen antecedentes en la lírica del primer Gieco o Los
Pillos. Eso hace que no sea una banda homenaje a Sonic Youth, o Pavement, o Velvet
Underground. Suárez es la banda que mejor entendió y asimiló a Velvet Underground
en estos lares, lejos. Basta escuchar "Una tarde de cansancio".
Suárez es
una banda argentina, no podría ser de otra manera.
Otro punto a
tener en cuenta: Rosario Bléfari se convirtió en "role model" de
muchas chicas que están en el rock, como público, artistas, o cantautoras. ¿Qué
otra banda under con chica al frente (al frente eh) tuvo la misma trascendencia
en esos años además de Suárez?
Escucho Suárez
desde que tengo 16 o 17 años. En esa época todavía estudiaba piano clásico, y
al tener esa formación, los sentí como una ola de aire fresco y renovador que
se salía de la norma, tanto lírica como compositiva. Su imaginario
cercano y cotidiano siempre me fascinó, y creo que influyó mucho a la hora de sentarme
a escribir mis canciones. También me pasó que cuando los empecé a escuchar, la
banda ya estaba disuelta, entonces los veía rodeados de cierta mística y mi
único registro eran sus discos, las palabras de algún amigo que había tenido la
suerte de verlos en vivo en los 90s y algún que otro video de Youtube.
El año pasado, Rosario Bléfari me escribió un mail, preguntándome si quería
tocar el piano para ella en una fecha que se venía pronto y yo acepté
sin dudarlo. En dos o tres semanas me tuve que aprender doce canciones que me
iba pasando en cuentagotas por mail. Para los que me conocen, saben que mi
memoria es pésima, entonces esto era todo un desafío para mí. De a poco, fuimos
probando cuál funcionaba y cual necesitaba más instancias de ensayo. Finalmente,
la lista se redujo a la mitad más o menos.
Nos juntamos día por medio con Rosario y Federico Orio para trabajar los temas
entre los tres. Entre canción y canción charlábamos mucho de cualquier cosa, y
todo era muy distendido y relajado, aunque por otro lado el tiempo nos
apremiaba. Pero creo que todos confiábamos en que iba a salir perfecto.
Para mí tocar con Rosario fue una de las cosas más increíbles que me pasaron
desde que empecé en esto, hace tan poquito. Ella fue primordial en mi formación
como músico, y para mí es un orgullo y un honor que se haya fijado en mí
existiendo tantos otros pianistas.
Cuando supe que Suárez se reunía pensé que no podía perdérmelo. Entonces, con
un par de amigos organizamos una escapada a Mar del Plata sólo por el fin de
semana del recital, para ver el
documental de Fernando blanco y para verlos a ellos en vivo. Lo más gracioso fue
que nos encontramos con los Suárez en el bus rumbo a Mar del Plata, y viajamos
juntos sin haberlo planificado.
Estaba muy
ansioso por verlos en vivo, sobre todo después de ver el documental de Fernando
Blanco. Al llegar, la carpa del show estaba repleta. Me ubiqué adelante de todos.
Es difícil describir lo que sentí cuando entraron. Para mí Suárez nunca había
existido, ¡y ahí estaban! El show fue muy movilizante para todos los
asistentes. Parecía una banda que no se había separado jamás. Todas esas canciones que había escuchado
durante tanto tiempo en mi cuarto, en el trabajo, en la calle, en el colectivo,
cobraban vida en ese momento.
Tiempo más
tarde fue la fecha en el Konex. Otra vez: lleno de gente. Me costó más llegar
adelante de todos. En este recital había más ansias que la otra vez, y la
energía era increíble.
Con el sonar
de las primeras canciones la gente empezó a saltar y a hacer pogo. Creo que no
hacía pogo desde que tenía 15 años. Pero ahí apretado, siendo empujado,
acalorado, me sentí feliz y me uní a la masa en movimiento y fuimos uno solo.
No había otro lugar en el que quisiera estar.
Rosario sonriente
y hermosa como siempre. Los chicos, impecables.
Las
emociones fueron muy fuertes y unánimes, creo. Por momentos estábamos todos
casi por llorar, por otros con una sonrisa gigante.
Cuando salí
del Konex me di cuenta que había tenido la suerte de presenciar algo muy importante
para mi generación.
Los volvería
a ver una y mil veces, y cada vez que saldría del recital sé que pensaría
"fue uno de los mejores recitales de mi vida".
Utilizada para
acompañar sesiones de tortura, la música se convirtió en una de las
tantas armas ocupadas por el Estado entre 1973 y 1990 para ejercer
violencia en Chile. Pero el canto y la creación musical también fueron
mecanismos de supervivencia para las víctimas. Una de las pocas
investigadoras en la materia, Katia Chornik, explicó en su reciente
visita al país las formas en que el arte se enfrentó al horror.
“Somos cinco mil / en esta pequeña parte de la ciudad / somos cinco mil, ¿cuántos seremos en total?”. Así comienza “Estadio Chile”, poema escrito por Víctor Jara
durante su detención en 1973 en el recinto que hoy lleva su nombre y
que varios autores han interpretado bajo el título “Canto, qué mal me
sales”. Este también es uno de los pocos ejemplos de creaciones firmadas
por músicos en campos de detención y de exterminio en dictadura.
Sin embargo, pese a la escasez de
registros de la época, la relación que existió entre música, prisión y
tortura aún se mantiene en la memoria de los presos y de los agentes del
Estado. Katia Chornik -violinista, musicóloga nacional radicada en
Inglaterra y académica dela Universidad de Manchester- se ha dedicado a
escarbar en la memoria musical de los involucrados, rearmando un período
de la historia sonora de Chile.
“Esta investigación cambió el rumbo de mi vida”,
admite Chornik cuando recuerda las primeras motivaciones que la
llevaron a comenzar sus estudios. Aún dedicada profesionalmente a la
música, la violinista realizó en 2002 un concierto en la Academia Real de Londres,
en el que versionó las obras compuestas o interpretadas en los campos
de exterminio del Tercer Reich, además de las obras creadas o comúnmente
cantadas por detenidos chilenos en los centros de detención entre 1973 y
1990.
Chornik (en la fotografía) conoció este
repertorio gracias a un estudio previo, en el que comparó la experiencia
musical de los campos de concentración nazi con los del Chile de
Pinochet. Con el paso de los años esta tarea la llevó a dedicarse por
completo a la investigación, entrevistando a sobrevivientes de Tres Álamos, Cuatro Álamos, Chacabuco, Puchuncaví, Irán 3037 –conocido trágicamente como la Venda Sex o La Discotéque, por la programación constante de música popular en el lugar- o Villa Grimaldi, entre otros centros.
Fue así como identificó que “Un millón de amigos” de Roberto Carlos, “La vaca blanca” popularizada por Los de Colombia, la banda sonora de Wendy Carlos para La Naranja Mecánica o el concierto de Aranjuez, eran algunas de las piezas que acompañaban las sesiones de tortura.
“Los detenidos con los que he
conversado admiten que escuchar estas canciones produce en ellos
reacciones muy viscerales, sobre todo porque durante las torturas eran
repetidas constantemente. Muchos declaran que la música les impedía pensar, reaccionar o los confundía”, asegura Chornik. No obstante, para la investigadora existe poca claridad sobre la premeditación en el uso de estas obras. Las entrevistas con los presos, además de la conversación con un agente de la DINA-a quien llama por el seudónimo “González-, no le permiten concluir que todas fuesen especialmente seleccionadas para torturar. “La mayoría de las canciones eran éxitos del momento, lo que me lleva a pensar que había una selección ecléctica”, supone. Pero para Chornik el relato de las víctimas confirma la macabra realidad del cautiverio. “Se
sabe que había determinadas canciones como “Gigi, el amoroso” (de la
cantante italo francesa Dalida) que se tocaban bastante seguidas en
Villa Grimaldi. Uno de los testimonios recogidos en mi investigación
recuerda que antes de las torturas, los agentes les decían a los presos
“ya viene Gigi, el amoroso””, afirma.
CANCIONERO DE RESISTENCIA
El recién pasado 11 de septiembre, un
grupo compuesto por quince sobrevivientes, familiares y amigos de
detenidos en dictadura se reunieron en Villa Grimaldi para cantar.
Juntos entonaron el clásico mexicano “No volveré”, el “Candombe para
José” y la balada “Palabras para Julia”. Con esta intervención, los
participantes homenajearon a las víctimas de la represión militar, pero
también recordaron el cancionero que interpretaba el coro de mujeres
formado en Tres Álamos en 1976.
Según Anita Jiménez
–detenida en este recinto, profesora de música y líder del coro de la
época- gracias a estas canciones las detenidas podían compartir un breve
instante de comunión y respirar al aire libre en el patio del lugar. El
coro llegó a congregar a más de 100 detenidas.
“En Tres Álamos siempre cantábamos,
porque era una forma de resistencia y de rebeldía. Por su puesto, todas
las canciones eran revisadas por los agentes, ya que no podíamos cantar
cualquier cosa. Y cantábamos para recibir a las prisioneras que
llegaban, para acompañar a las que se llevaban a los interrogatorios, y
para despedir a las que salían en libertad, sin importar las destrezas
vocales que se tuvieran”, recuerda Anita sobre esta práctica que se conserva en su memoria después de más de tres décadas.
Katia Chornik Foto: Universidad Alberto Hurtado
El testimonio de Anita Jota –como es
conocida por sus compañeras- es uno de los tantos recogidos por Katia
Chornik para las investigaciones realizadas para la BBC. Apartir de
estos relatos, la musicóloga ha concluido que la interacción de los
prisioneros a partir del canto les entregaba una oportunidad de cohesión
y de ánimo de superación. “A diferencia del recuerdo de los
prisioneros sobre la música utilizada en sesiones de tortura o
interrogatorios, las escenas de canto o composición son rememoradas como
algo muy noble, positivo, que les ayudaba a superar la traumática
realidad del día a día”, dice Chornik.
Además del canto, la composición al
interior de los centros dela DINAtambién es parte del paisaje sonoro que
Chornik busca rearmar. Aparte del poema de Víctor Jara recuperado por
cantantes luego de conocido su asesinato, la académica reconoce el
trabajo del cantautor Sergio Vesely, quien comenzó a componer en Puchuncaví o la conocida obra “La pasión según San Juan, Oratorio de Navidad” compuesta por Ángel Parra en Chacabuco.
CONTRA EL TIEMPO
Cuando Anita Jota recuerda detalles del
coro de presas de Tres Álamos en su memoria aparecen las escenas que
compartió con aquel grupo de mujeres que no superaba los treinta años de
edad. Anita sabe que este recuerdo no sobrevivirá por mucho tiempo.
Katia
Chornik también es consciente de la necesidad de
recuperar estas historias lo antes posible. Su actual proyecto de
investigación “Sonidos de la memoria: Música y presidio político en el
Chile de Pinochet” busca superar el paso del tiempo, incorporando en los
relatos la voz de los agentes represores.
“Este nuevo proyecto se basa
principalmente en entrevistas con las víctimas pero además incorpora
otro tipo de fuentes, incluidos ex funcionarios de la DINA y CNI,
profesionales del Comité Pro Paz, la Vicaría de la Solidaridad y las
comisiones Valech, y especialistas en atención de salud mental para
víctimas de violaciones a los Derechos Humanos. No sé si eso es algo que
podría haber hecho hace diez años atrás. Hoy, después de cuarenta años,
la gente está más dispuesta a hablar y yo también me siento más
competente para continuar con esta investigación”, dice.
“Esta es una tarea que está
abierta a todos los que se quieran sumar. Es de esperar que más
musicólogos, periodistas o sociólogos que estén interesados por la
música lo tomen. Lo más importante es centrarse en el qué; en qué pasó. Hay material muy valioso que aún se puede recolectar”, concluye.
Respecto a los próximos pasos de su
investigación, Chornik destaca la importancia de difundir el material
recopilado a través de la creación de una base de datos en línea con las
canciones que se cantaban o escuchaban en los presidios, incluyendo
testimonios de las víctimas para cada obra.
Después de sorprender con su primer registro al
margen de Matorral, “El movimiento” (2009), Felipe Cadenasso vuelve a abrir una
atractiva senda en su carrera en solitario con “Un ejercicio” (2013), placa que lo confirma como una voz particular
dentro de la precaria y desarticulada generación de cantautores nacionales que
en los últimos cinco años ha intentado –con resultados menos afortunados en
algunos casos- madurar un sonido personal. Una sólida calidad interpretativa,
sus evidentes dotes como productor, además de una original poesía, hacen de él
un ejemplo extraño, pues con una propuesta casi lúgubre es capaz de proponer un
sutil modelo de acción y cambio en el entorno.
La nutrida carta de sonidos y las escenas que
narra “Un ejercicio” dan cuenta de estas intensiones. Al acompañamiento de
timbales se entrelaza un agudo violín, pero también de guitarras y cantos
solemnes se cuelgan sintetizadores, cuerdas, vientos y registros de ambiente
que unifican una atmósfera ensombrecida, que supera holgadamente la etiqueta
rock. Asimismo, la densidad de estas diez canciones se reparte bien en los
versos de Cadenasso, quien no se espanta ante las huellas del terreno nacional
–ahí están las referencias al Metro, a Antofagasta, a la Alameda, a la Mistral- para transitar
por la desilusión en la plegaria “La
Trampa”; jugar con el
espanto en “De improviso” o buscar nuevos lenguajes en “La Puerta”, canción en donde parece
pasmado ante la aceptada normalidad. “Ni una sola vez se les ocurrió dar un
salto en la oscuridad”, entona.
Este imaginario se concentra en dos momentos
claves del disco: “Aprendiz” y “Un ejercicio”. En la primera canción, un piano
revela a un sujeto que mira con distancia al maestro y que está dispuesto a
viajar “a donde nadie quiere ir”; mientras, en la segunda, un silbido guía la
búsqueda de esas nuevas prácticas
(siempre personales, microscópicas) que son capaces de modificar la
intimidad. Esta perspectiva se sostiene a lo largo del disco, en una reflexión
evidente sobre el peso de la racionalidad, el orden y los objetivos rutinarios
del mercado.
En consecuencia, y por lograr activar el
formato canción como un dispositivo de cuestionamiento, “Un ejercicio” es una
pieza necesaria en el panorama musical actual. Un remezón que le viene como
anillo al dedo a una generación sobre poblada de eternos adolescentes.
Esta crítica fue publicada en El Ciudadano (impreso, abril 2013).
“Cantante, escritor, artista
visual y figura mediática en su país”, así comienza la biografía de Dani Umpi
en uno de sus tantos perfiles en internet. Multifacético, el uruguayo invitado a la última versión de la Feria del Libro de Santiago
(FILSA) también es conocido por su desvergonzada puesta en escena, en donde no
duda en combinar tacos altos y una
camiseta de basquetbol para adornar una fachada andrógina
y recargada. Críticas y abucheos ha recibido en latinoamérica por su inclasificable
imagen, pero también aplausos gracias a
sus discos de pop “Perfecto”
(2005) y “Mormazo” (2011) y sus novelas “Aún soltera” (2003) o “Miss Tacuarembó” (2004), cuya versión
cinematográfica protagonizada por Natalia Oreiro se estrenó hace dos años.
En su recorrido por la capital,
Dani Umpi ejerció su doble militancia: como escritor y cantante, el autor promocionó su última novela “Un poquito
tarada” –que espera editar prontamente en Chile- y su nuevo EP, “Piano - Vol.I”, en donde
repasa alguno de sus clásicos e incluso cuenta con la colaboración del cantante
nacional Gepe.
Este nuevo disco
recuerda un poco la idea de “Piano” de Daniel Melero, que es un gran referente.
Sí, gracias, aunque la comparación me queda un
poco grande, jeje. La idea del disco
surgió el verano pasado, que fui a tocar a la playa la Pedrera en Uruguay, pero
viajé sin mi colaborador de siempre, el guitarrista Adrián Soiza con quien ya
había publicado un disco de versiones en guitarra, llamado “Dramática” (2009).
En fin, pasó que para hacer los shows me acompañó el novio de una amiga que
toca el piano, Álvaro Sánchez. Nos presentamos, y en seguida nos hicieron un
montón de fechas. Le pusimos “Dani Umpi Piano” a ese tipo de presentaciones y
después hicimos el disco, que grabamos en una sola toma, haciendo una especie
de falso en vivo. Después lo pusimos en bandcamp y se bajó un montón de veces. Creo que el
piano es re diferente a la guitarra, y aunque con los dos instrumentos me
siento muy intérprete, en este caso es distinto porque todas las canciones son
mías, salvo un cover de Carla Morrison. En el disco también está Gepe en la
canción “Patas para arriba”. Justo él fue
a cantar a Montevideo en la época en yo estaba grabando el disco, así que lo
invité a grabar y quedó.
En tu disco “Mormazo”
colaboraste con Wendy Sulca, ¿imposible invitarla a este nuevo proyecto de versiones?
Es que la grabación de este disco fue muy
espontánea, no fue tan planeado. Pero claro, de haber podido lo hacíamos.
Es interesante la
defensa que haces de Wendy Sulca como artista. Por ejemplo en Chile, cuando la
invitan a tocar, siempre la invitan a fiestas kitsch, y me parece que detrás de
esa etiqueta lo que hay es una gran
discriminación. Al final se la mira como un chiste y no como una figura con
talento. ¿Qué opinas de eso?
El fenómeno de Wendy Sulca desde un principio
me cautivó mucho, porque es muy complejo. Creo que es un detonador de
prejuicios musicales y raciales de la
sociedad. Si se quiere, por ejemplo, La Tigresa del Oriente parte
desde un lugar más humorístico, pero Wendy Sulca es una artista que proviene de
una tradición folclórica, y que responde a una historia antiquísima que va
evolucionando. Por eso me parece que el
fenómeno en torno a ella habla de todos los prejuicios que tiene la gente y
cómo se maneja lo exótico y la ignorancia que se tiene hacia otras culturas, pues
las burlas a Wendy son básicamente tres: su tono de voz, lo racial cuando la
llaman “monito”, y la última que es cultural, cuando se ríen de canciones como “La Tetita”, que habla de
amamantar. Y me parece que no se ha reflexionado mucho sobre esto, y lo más
curioso es que quienes tienen las
capacidades para hacerlo, como los periodistas que están formados para desarrollar
otras lecturas, no lo hacen. Se opta por la burla, y en mi caso, un personaje
como Wendy Sulca me interesa mucho, porque yo siempre estoy adoptando el
personaje del bufón.
¿Hasta qué punto tuviste que enfrentar ese tipo de
discriminaciones, considerando que la opinión más inmediata no es aceptarte
como una propuesta artística válida, sino como el tipo raro?
Desde el primer día que subí a cantar supe que
quería ser una entidad o una construcción icónica que tuviera en cuenta ese
factor: ser un freak, un bufón. Eso me permitió tomar distancia, observar y
detectar las críticas, y me siento muy orgulloso de contar con esas críticas,
como cuando dicen que no canto bien o cuando dicen que es todo sobreactuado.
Eso es obvio, porque es un producto camp. Lo más interesante es que lo dice
gente preparada, gente que sabe. De hecho tengo un archivo de críticas de
discos, muchas de ellas de diarios o medios re progres que se cuestionan por
qué enfatizo tanto lo marica, que por qué tengo esa necesidad. Finalmente creo
que es una postura política presentarme así, porque es una propuesta muy
fronteriza, y no es que eso sea un riesgo, sino que esos son los objetivos: lograr
que no se sepa donde ubicarme, si está bueno o si está malo. Además, qué sé yo,
pensá que hace poco abrí el show de
Junior Boys y también canto con grupos de cumbia, entonces bueno, cuesta
ubicarme…
Respecto a tu forma de
trabajar llama la atención que a la hora
de publicar tus discos no existe una continuidad temporal clara. ¿Qué hay con
los tiempos? ¿Cómo manejas ese factor?
Soy muy caprichoso y también hago muchas cosas
a la vez, porque también escribo y tengo que vivir y alimentarme. Pero con la
música pasó que “Perfecto” se editó en 2005 en Uruguay y al año siguiente en
Argentina, pero dos años después en México, entonces me demoré en publicar algo
nuevo porque tuve que hacer promoción. Igual con eso no me fue muy bien,
jejeje, porque en México habían varios sellos interesados en editarlo, y yo al
ser tan pueblerino opté por el más grande, EMI.
Y bueno, no me daba cuenta que estaba en el medio de cientos de artistas.
No era prioridad y si quería moverlo tenía que hacerlo yo mismo y estando en
Uruguay todo es más difícil. Igual en esa época fui descubriendo cómo era el
mundo de la música, porque yo nunca tuve un plan o un sueño de ser cantante. Yo
vengo del mundillo del arte, nunca se me había ocurrido hacer música. Con el
tiempo empecé a hacer mis propias canciones, y yo no toco instrumentos. Sólo
las hacía como una señora, mientras limpiaba, con mi voz. Todo era melodía de
mi voz y todo fue muy rápido. Y hasta ahora siempre siento que estoy empezando
de cero. A la vez, el producto que hago era re raro y bueno, hasta ahora no sé
cómo manejarlo.
Eso es con la forma en que encaro el tiempo. Aunque
bueno, también tengo que trabajar. De hecho recién ahora, desde hace poco más
de un año, vivo de lo que hago. Antes hacía mil cosas; tenía un programa de
radio, escribía en revistas con seudónimo o sin seudónimo, trabajé en una casa de cambio, repartía volantes,
también pasaba música cada tanto, qué sé yo, hice un montón de trabajos. Y por
eso, al no tener dinero dependo de un sello, o en el caso de los libros, de una
editorial que me publique. Yo no puedo solo,
siempre tiene que haber alguien que esté convencido de lo que yo hago.
Nunca me autofinancié y por eso defiendo la industria y me jacto de eso un
poco, porque me costó mucho. No puedo ser tan independiente, porque eso es el
doble de trabajo.
Esa defensa de la
industria es medio difícil de escuchar entre los artistas actuales. Parece un
poco anticuada.
Sí, pero yo no puedo autogestionarme. Es decir,
claro que lo hago, pero tengo varias carencias, y la primera es económica,
porque no puedo hacer nada por mi cuenta; ni grabarme, ni publicar, no tengo
los medios para hacerlo. Y después tengo
otra traba, que es que no sé relacionarme mucho, siempre dependo de un manager
o de alguien. No soy tan experto en mis relaciones públicas y mucho menos en
conseguirme los shows. ¿Y armarme los discos? ¡No tengo ni idea! Por eso
dependo de una infraestructura que me pueda potenciar, porque a la vez también
quiero crecer.
Viniste a FILSA
justamente a hablar de la relación entre música y literatura. ¿Cuál es tu
opinión sobre el posible vínculo entre ambas expresiones?
La verdad es que durante estos últimos días lo
estuve pensando, porque nunca antes había reflexionado lo suficiente sobre esto. Siempre
para mí fueron cosas diferentes, pese a que una canción se puede pensar como un
relato. No le encontraba mucho el link, pero si me pongo a pensar hay algo en
la estructura de una novela que puede ser parecida a la de una canción en el
sentido del ritmo. También siempre estoy leyendo en voz alta, me fijo mucho en
el sonido de lo que escribo, y ahí hay algo musical, porque de acuerdo a cómo
suena lo voy modificando. Y ni que hablar de cuando hago una novela: lo que más
me fascina es el tono de los personajes. Pero ahora, estos días en Santiago,
pensé lo siguiente: a mí me gusta la numerología y ahora estoy muy interesado
en la cábala, en donde las letras están muy asociadas a los números y a los
sonidos. Y como me gusta la numerología me fijo mucho en los números y me guío
mucho por los principios herméticos, y en el caso de mis novelas, ocupo algunos
criterios numerológicos.
Por ejemplo, mi última novela, “Un poquito tarada”, tiene
33 capítulos, y el 33 es un número maestro igual que el 22 y el 11. Entonces en
mi cabeza, los capítulos 33, 22 y 11 son los fundamentales. Y de alguna manera,
pensar en números es pensar en ritmos, porque la música es matemáticas, y yo amo
a Pitágoras, siempre lo estoy leyendo, y Pitágoras fue el primero que asoció
los números con la música y la proporción de los movimientos de los planetas,
que a su vez, equivalían a notas musicales…Y así, a la hora de escribir pienso mucho en la
estructura, no es que me baje una musa inspiradora, sino que pienso de qué voy
a hablar de cada capítulo y esa estructura es como una música, y cuando hago
canciones, sigo una estructura que es pop y la estructura del pop es bastante
rígida. Justamente, esa rigidez me da mucha libertad y por eso mis canciones
son muy de historias y quizá es por eso me seduce tanto el formato pop.
También me gusta mucho lo simbólico y creo que
lo simbólico siempre atraviesa lo estético, entonces, por más que yo haga un
trabajo muy estético y muy a nivel de superficie, en realidad siempre estoy
mucho más preocupado por lo simbólico y por eso me interesan tanto las
tradiciones como la cábala. No sé, me gustan y trabajo mucho desde ahí. Por
ejemplo siempre ocupo mucho la figura de la androginia, y la despolarización,
aunque recién ahora estoy saliendo de ese closet y lo puedo decir más
abiertamente. Antes me daba pudor porque ya era demasiado para mi propuesta que
es muy exagerada, jeje, y además creo que uno puede hablar de estas cosas sólo cuando
sabe mucho y en mi caso ni siquiera soy un aprendiz.
Siguiendo con la
relación entre música y literatura, en 2009 hiciste un musical, “Nena no robarás”.
¿Cómo fue esa experiencia?
Me encantan los musicales y creo que hacer
musicales es en donde más cerca he estado de trabajar música y literatura al
mismo tiempo. Primero hice “Nena no robaras” en 2009, que fue una comedia muy
clásica, toda cantada y con todo los clichés. Después, este año hice “Marta, la
musical” que fue un proyecto re extraño, medio musical, medio performance,
medio reality, muy raro, pero fue el que
más me gustó porque quedó en algo muy inclasificable. Creo que es una de las
cosas más interesantes que hice y también
la más personal. Estuve trabajando como tres meses en ese proyecto y durante
ese tiempo cambié mucho mi proceso de creación. Además me cuesta mucho trabajar
con otras personas, y también logré pasar esa barrera con este musical.
En todos estos casos,
tanto en los libros como en tus discos,
el tema del amor está muy presente. ¿Por qué siempre hablas de esto y no de
otros motivos?
Más que el amor me interesa el discurso
amoroso, como Roland Barthes en su libro “Fragmentos de un discurso amoroso”,
que es lo más, es mi libro favorito. Pero personalmente, mis historias de amor
no son interesantes. De hecho ahora no
es algo que me mueva porque siempre voy a tener otros problemas que resolver,
jejeje. Sin embargo, cuando escribo me interesa el amor, porque lo veo como
discurso y estructura artificiosa, y a veces lo tengo demasiado idealizado,
pero a nivel artístico. En mi vida personal, no tanto. No sé, a veces mis
amigas se enojan porque les copio todo lo que ellas dicen, jejeje y después
hago libros o canciones, pero no son cosas que me pasen mucho. Qué sé yo, me
encantan los teleteatros y los cuentos de mis amigas con sus novios, entonces
claro, es el imaginario del que me nutro. Después con mi psicólogo no hablo
nunca del amor, jajaja, hablo de que no me da la plata u otros temas; siempre
estoy más obsesionado con el trabajo o en otras cosas.
¿No sería errado
catalogar eso como algo frívolo? ¿Qué hay con la posibilidad de ampliar las
temáticas en tu obra?
Me gustan los clichés, los estereotipos y la
frivolidad como un lenguaje. Es raro, pero de alguna manera transformo eso en un
fetiche que me permite reflexionar sobre otras cosas. Y en realidad no sé si lo
amplío mucho, pero siempre acumulo mucho los clichés del amor. Por ejemplo
cuando canto, el personaje que interpreto además de ser un bufón, también cumple
con la lógica romántica. Igual creo que todo esto es re político. Ser un bufón
es algo político, manejar la figura de la androginia también es re político.
Por ejemplo, estar siempre con elementos masculinos y femeninos es evidenciar
los dos polos y eso es una cuestión hermética. Me interesa ser ambiguo, porque
ser contradictorio con uno mismo o ser difuso con la propuesta es un lujo que poca gente se puede dar. Y yo
trabajo mucho para conseguir ese lujo. Siempre quiero estar en la frontera, y
me gusta que lo que hago para algunos sea muy raro, para otros algo muy visto o que incluso para
otros no sea lo suficientemente hipster y para otros sea lo más. Eso hace que
vibre la propuesta. ¿Hablar de otros temas? Qué sé yo, me parece bien que se
haga y puedo admirar a los artistas que lo hacen, pero creo que todos esos
temas –como la pobreza, la discriminación, u otros-, ya están en mí. No lo
hablo directamente, pero hice una canción con Wendy Sulca y Fito Páez. Eso es
re político. Y no te voy a decir yo lo que tenés que interpretar, pero hacer
una canción así habla de cómo se divide la sociedad y los distintos lugares que
hay. Creo que soy redundante en otras cosas y no con los discursos políticos.
No hago una canción a los pobres, porque yo ya soy pobre, jajaja.
Ocupas bastante
Facebook, Twitter, y antes también Fotolog. ¿Cómo influyen esos formatos en tu
creación, tanto literaria como musical?
Influyen mucho, porque a veces mi contacto con
el mundo pasa por ahí, pero a la vez siento que no los aprovecho lo suficiente
porque me quedo muy a nivel de usuario. No sé, en twitter no promociono tanto
mis shows, sino que lo ocupo como un chat con mis amigos. Y eso me fascina,
porque surgen formas de escribir o frases que me gustan mucho, y como paso
mucho tiempo ahí, las voy ocupando. En mi última novela justamente el personaje
principal es una chica que se inventa a sí misma en internet y va haciendo su
vida en base a las redes sociales. Y eso es un poco lo que hago yo, jejeje. No
sé, también les debo mucho, porque si no fuera por estas plataformas no se
distribuiría mi música.
Justamente en Facebook escribiste algo tras la muerte de Leonardo Favio, un clásico que logró vincular música, literatura, cine, todo al mismo tiempo.
Me enteré de la muerte de Leonardo Favio en Chile y me choqueó porque siempre me gustó, sobre todo su tono. A mí me encanta el melodrama y él era un maestro. Por ejemplo, la película “Nazareno Cruz y el lobo” siempre la amé, siempre me pareció lo más, lo más sublime de todo, creo que es una película muy perfecta, con todos sus discursos. Leonardo Favio respetaba los géneros populares, que a mí me encantan, y su tono era perfecto, sus imágenes también lo eran. Siempre hacía lo que se le daba la gana y yo quiero hacer lo que se me da la gana, entonces es más que un referente. Además, creo que las primeras canciones que recuerdo en mi vida, son las de él, entonces es muy fuerte su figura. Me marcó muchísimo, fue un grande. Enterarme ahora de su muerte fue…No sé…Recuerdo que siempre antes escribía en Twitter “Fuerza Leonardo!” y tal, pero ahora…Qué sé yo, otros como Sandro nunca me interesaron tanto.
"Mi opinión sobre Chile es re fantasiosa, y por
lo mismo poco puede ver con la realidad. Por ejemplo en el caso de la música
actual, y pese a no conocer mucho el panorama chileno, en mi cabeza pienso en
un montón de músicos discutiendo. Creo que están muy preocupados de esa idea
del paraíso del pop. La imagen que tengo es esa: músicos chilenos discutiendo
sobre el paraíso del pop. Igual no sé mucho, pero ahora me impresionó un afiche
-que no sé el nombre de la banda ni nada- que era un dibujo de una loba que tenía la cara de
Violeta Parra y que en las tetas estaba mamando Chinoy. Es muy fuerte. Y para
mí eso es Chile, todos pendientes de lo que hacen otros. En Uruguay también es
así, qué sé yo, pero aquí me parece que son más pasionales; cuando son emo son
súper emo o los pokemones eran más pokemones que en Japón. Dicen que los
chilenos son fríos, pero no me parece que sean así. En términos literarios no
tengo idea, voy a la feria (FILSA), me presentan gente y no tengo ni idea
quiénes son. También supe mucho del
movimiento político del año pasado, ubico al Presidente que es de derecha y
también a Camila Vallejo. Aunque tengo más información de ella que de él".
Uruguay
"Me ha pasado que en los últimos meses que he
viajado todos me hablan de los mismos puntos sobre Uruguay; un Presidente (José
Mujica) que vive en una chacra con un
perro y planta flores, la legalización de la marihuana -que en realidad es una
estatización de la marihuana- y la ley del aborto, que en la práctica no está
muy implementada. Son los tres temas que llaman la atención. Pero cuando vivís
en Uruguay, claro, es muy simpático y anecdótico el Presidente, pero el que
gobierna no es solamente él. Los discursos pueden ser muy buenos y simpáticos,
pero después está la realidad que la gente tiene que vivir y comer, y no es
todo tan bueno. Qué sé yo, lo de la marihuana por un momento puede ser una
solución muy buena o simple marketing, porque el plan de que el Estado produzca
los porros es tan disparatado que parece que lo hacen a propósito para que no se
haga, como para decir “lo intentamos,
pero no se pudo”. Es una idea muy difícil de conseguir, mucho más en un contexto
de política internacional. Hay que recordar que estamos en América Latina. ¿Qué
quiere decir esto, que el Estado va a plantar la marihuana, que te la va a dar?
Es un control siniestro y mucha gente que está luchando para la liberación de
la marihuana, entre los que me incluyo, no piensan muy parecido al Gobierno.
Sobre el aborto, bueno, la actitud de Mujica es mejor, pero el Presidente anterior
(Tabaré Vázquez) vetó la Ley,
y eso que era de izquierda. Eso fue una de las grandes desilusiones que tuve.
Al final, todo suena muy lindo, pero es muy complicado".
Durante la Semana Santa recién pasada, el
compositor nacional Juan Pablo Abalo liberó "Canciones de misa", su nuevo disco. La fecha elegida
para estrenar su tercer trabajo no pudo ser
otra. Por esos días, la portada del álbum en donde se ve a dos niños junto a un
hombre disfrazado de conejo de Pascua cobraba un sentido especial; ingenuidad,
creencia y perversión se fundían en la imagen central de este esfuerzo por
encarar a través de la canción breve las sórdidas historias protagonizadas por
representantes de la Iglesia.
Demostrando su inclinación por el minimalismo, el
autor escribe ocho canciones comandadas por el sonido de la guitarra tradicional,
textura que poco a poco, y a medida que avanzan los segundos en cada corte, se
va ensanchando gracias a arreglos de cuerdas y vientos. Así, “El pastor”
–canción inspirada en Fernando Karadima-, se estructura según el sonido de las
seis cuerdas, mientras que en “El suicidio”, “Procesiones” o “Ausente”, la
guitarra cede espacio a percusiones, bajos o sonidos de órgano y piano. El resultado de esta instrumentación
simple, pero a la vez detallista, entrega solemnidad a relatos que hablan de dominación
y angustia.
En tanto, la voz ceremoniosa del cantante, consigue traspasar cierto rigor
a estas historias, hasta impactar en “La confesión”, cuando interpreta a
víctima y victimario en los tres minutos
más dramáticos de la obra.
Aunque Abalo no eligió una temática desconocida,
su gesto es inédito en el panorama musical actual, pues
elabora un disco conceptual sobre una
temática naturalizada como información de prensa, pero que esconde un revés
putrefacto, en donde pesa la fe y los vínculos de poder económico. En ese
nivel, “Canciones de misa” golpea dos veces: por un lado nos restriega lo más
oscuro de un sector de la sociedad, y por otro, nos recuerda que la canción popular
sí puede superar la palabrería ególatra y superficial a la que estamos
acostumbrados.
Crítica publicada en El Ciudadano (impreso, mayo 2012)
Nuevo
disco de Alex Anwandter en poco más de un año y la pregunta cae de
cajón: ¿era necesario? Después de terminar con Teleradio Donoso y renacer como Odisea
en mayo de 2010, el cantante ahora borra con el codo lo firmado con ese
seudónimo para recuperar su nombre y volver con Rebeldes
(2011). El resultado de esta jugada es un trabajo prematuro y poco agraciado,
una placa que marca un enorme retroceso en la carrera del cantante y que deja
un mal sabor a causa de las mortales referencias a otros artistas de su
generación, voces que eclipsan lo que se intuye como la supuesta guinda de la
torta del reciente pop nacional.
A
primera vista hay una cuota de sencillez que resalta en Rebeldes,
sobre todo si se le compara con el sofocante estilo electrónico de Odisea,
el anterior registro de Anwandter. A diferencia de ese álbum –en donde todo
parecía ultra calculado y manipulado-, las nueve canciones de este retorno
mezclan programaciones electrónicas con instrumentos tradicionales (guitarras,
piano, bajo, batería), haciendo que el electropop del chileno se transforme en
pop simple y sin espacios para la experimentación. Aquí no hay composiciones
eternas ni letras enigmáticas, rasgos que abundaban en su disco del año pasado. No
obstante, al optar por reducir la complejidad de su nuevo repertorio, Anwandter
termina dando palos de ciego, confundiendo la claridad y la inmediatez propias
del pop con la comodidad y la reproducción de estilos ajenos.
Un
reparo básico es el ordenamiento de las canciones. En Rebeldes
los cortes más bailables son seguidos por baladas, salvo en los últimos minutos
cuando aparece “Fin de semana en el cielo”, un incomprensible arranque
melodramático que desentona con el resto de las pistas. Es obvio que al agrupar
las canciones de esta manera se busca guiar al auditor por momentos altos y
bajos –en una especie de vaivén sonoro que define la estructura final del
disco-, pero la separación es tan radical que termina por entrelazar a la fuerza las
composiciones de Anwandter.
Pero Rebeldes cae en otro grave error:
piratear referentes demasiado evidentes (y cercanos) como pasar inadvertidos. Por ejemplo, en“Cómo
puedes vivir contigo mismo”, el guiño a Technotronic es tan descarado que
ni siquiera puede ser tomado en serio. Sin embargo, el remate de esta misma
canción es aún más vergonzoso cuando aparece la primera referencia a Javiera
Mena, con esos arreglos de cuerdas casi hurtados a los de “Hasta la
verdad” (de Mena, 2010). Aquí comienzan a aparecer serios indicios de
imitación, antecedentes que se comprueban con el paso de los minutos cuando la
mímica se vuelve obscena, sobre todo en “Que se acabe el mundo, por favor”,
corte en el que Anwandter copia el tono de voz de la cantante para despacharse
unos “de ti” que parecen salidos de un papel calco. Como si con
esto no bastara, el ex Teleradio Donoso, cual mimo, retoma la batería utilizada
por su colega en “No te cuesta nada” para escribir su propia versión en “Tormenta”,
la balada principal de Rebeldes.
Destacar
estas conexiones entre Anwandter y Mena –o mejor dicho, los
intentos del primero por sonar igual a la segunda- no busca menospreciar la
influencia de tal o cual artista en el proceso creativo del cantante, pues
sería ridículo no reconocer que la música popular funciona según la
constante del copiar/pegar. Señalar cómo el autor de “Tatuajes” se
intenta mimetizar con el estilo de Mena sólo sirve para comprender, ya casi sin
necesidad de mayores argumentos, que la metáfora del “Chile, nuevo paraíso
del pop” –rótulo creado en España y legitimado oficialmente en Chile por la
SCD en la última versión del Pulsar- no es más que un penoso espejeo entre cantantes
vinculados a un pequeño sector de la música nacional.
Otro
detalle no menor es la escasez de ideas que inspiran las canciones de Rebeldes.
Como buen exponente de su generación, Alex Anwandter se escuda en
historias basadas en un sinfín de divagaciones que no conocen otros espacios
más allá de la cama, el velador o con suerte la esquina. Tal como ocurría en Odisea
–en donde Anwandterse enfrascó en una represiva reflexión sobre
la ciudad sin nombrar una sola calle-, el cantante vuelve a demostrar la
pobreza de su imaginario al relatar dramas de pasillo o anécdotas amorosas de
lo más desabridas. Asimismo, la poca destreza de este autor se transparenta
cuando el abismo que separa su discurso íntimo con el del mundo exterior
encuentra una salida a partir de las drogas y su famosa piscina de
ketamina, además de esa imagen seudo impactante de su “brazo morado”.
En
otras palabras, las letras de Anwandter asombran por su debilidad y por
querer legitimar a toda costa su “pop desprejuiciado”. De hecho, no está
demás insistir en que su narración
se vuelve aún más opaca al insinuar cierta ambigüedad sexual, un elemento que
en su disco anterior alcanzó un estatus mucho más evidente y abiertamente
andrógino. En este caso, en cambio, el cantante juega a dedicar versos a
un otro masculino/femenino como si en ese movimiento se escondiera una especie
de trasgresión o valentía (o tal vez esa
rebeldía que no aparece por ninguna parte).
Desprovisto de buenos momentos e influenciado
por trabajos chilenos mucho mejor logrados, Rebeldes
ubica a Alex Anwandter en un terreno peligroso, dominado por la copia y la sumisión
a las reglas de lo que debe ser un disco pop. Por eso, vale la pena
preguntarse si es que entre tanto ir y venir, entre tanto inventarse apodos y
olvidar su nombre, el cantante no logró más que perder su propio rumbo. Porque
si algo queda claro es que aquí no hay indicios de un proceso
creativo de reinvención o búsqueda, sino que sólo hay huellas de un autor que
no sabe para dónde va la micro.
Se necesitó que miles de personas salieran a
las calles del país para que un grupo de músicos chilenos optara por reflejar
en sus canciones y videos lo que estaba pasando en Santiago y regiones. De a
poco los escolares, los universitarios, los trabajadores, los ecologistas, las
marchas, las protestas, los colegios en toma y los cacerolazos comenzaron a
aparecer entre la producción musical de una parte de creadores locales que al
parecer no están tan indiferentes ante un fenómeno social que se expresa en la
ciudad. Lo que sigue es una revisión de seis de estos ejemplos y la
interpretación que surge de sus similitudes, diferencias y proyecciones en el
tiempo.
Fue durante la tercera semana de julio cuando
se publicaron consecutivamente (al menos) tres videos de músicos chilenos que
ocupaban imágenes de las movilizaciones del primer semestre en Santiago. El
primero de ellos fue “Librando a la mañana” de Mowat, aparecido el domingo 17; lo
siguió “Civil” de Lila el martes 19 y luego “La Chispa” de Los Sudacas el
miércoles 20 de julio. Asimismo, el grupo Portugal entrenó el 5 de agosto el
video de “Nuestro Momento”, una canción publicada en 2010, reeditada en 2011,
que ya contaba con un video, pero que fue relanzada con un clip grabado en la
marcha del 7 de julio. También se suma a esta lista “Quiero ser” de Sokio y Dadalú, aparecida el miércoles 24 de agosto, justo el primer día de la doble
jornada de paro nacional convocado por la CUT. Finalmente, el último de
estos trabajos corresponde a SubVerso con “Rap al despertar” del 29 de agosto,
fecha en que Carabineros admitió su culpabilidad en el asesinato de Manuel
Gutiérrez en Macul.
Queda claro, entonces, que en poco más de un
mes, un sector de la música popular comenzó a dar señales de lo que se podía
observar en las calles y que después era retransmitido en los diarios, la
televisión e Internet. Tal como la prensa, los artistas reaccionaron tarde,
pero es un hecho que las canciones están a nuestra disposición aquí y ahora,
justo cuando los titulares se concentran en la serie de conflictos que se han
destapado a raíz del grito de los estudiantes.
Para partir, en “Librando a la mañana” de Mowat lo que el video muestra es una
apropiación de la creatividad que se ha visto en las tomas de colegios y en los
carteles de las marchas, para proponer una canción que se vincula sutilmente
con lo social. En otras palabras, es en la mezcla de desfiles contra Hidroaysén
y a favor de las demandas estudiantiles en donde aparece el mensaje de Mowat,
sobre todo en la mitad de esta pieza con ese juego de palabras entre los
conceptos “celda” y “propiedad”. No es necesario que sepamos quién se esconde
detrás de esta voz, ya que la apuesta visual de esta realización es superior al
solista o a su interés promocional, pues “Librando la mañana” se anuncia como
el primer corte del fututo nuevo disco del compositor.
En otra dirección, el video de “Civil” de Lila
es una apuesta más endeble. Su entonación y su mensaje más o menos esperanzador
suenan encajados a la fuerza en un recorrido urbano poco aprovechado por la
cámara. El problema aquí –a diferencia del trabajo de Mowat- es que Lila trata
de incrustarse en lo que está ocurriendo en la ciudad no sólo a través de las
imágenes, sino que mediante una historia que
reitera sus referencias a la
Alameda y Santiago. La ciudad aparece como una inspiración,
pero es poco lo que vemos de ella; acá lo que importa es la protagonista y esa
figura la ocupa Lila. Por ende, al abusar de los primeros planos de este
personaje, lo que se produce es un desajuste entre la intención de la letra y
el producto final.
Un claro contrapunto con “Civil” es el clip de
“La Chispa” de
Los Sudacas, una banda que con esta canción podría convencer a la misma
cantidad de personas que hoy disfruta con los sonidos de la denominada nueva
cumbia chilena. Aquí, una vez más, aparecen los mensajes que espontáneamente
han repletado las banderas, los lienzos y las pancartas en la capital. No
obstante, en esta selección gráfica también hay una propuesta que combina
imagen y sonido para aportar un pequeño documento sobre el ritmo entusiasta que
la banda observa en las avenidas. Bailes, coreografías, la besatón y los
disfraces son reutilizados en un tema que por momentos habla del lucro y la
represión policial.
Este intento por registrar lo que está
sucediendo también aparece en “Nuestro momento” de la banda Portugal. Sin
embargo, en este video lo que se presenta es una ficción. El relato amoroso de
dos jóvenes que se dirigen a una marcha
no es más que un melodrama que se cuela en un contexto mayor, que es Chile, que es el reclamo por la educación,
que es el colectivo. La forma en que se presenta la historia es excelente, pero
es eso, una trama, una simulación bien armada de un contacto con “la realidad
nacional”, pero que perfectamente podría ser la secuencia de cualquier obra
cinematográfica. Pero lo cierto es que no lo es y ahí el límite es complejo.
¿Qué hay en esta dramatización de Portugal?
¿Una demostración de apoyo a los secundarios? ¿Un simple espectáculo amoroso?
Hay algo, además, que está presente en los
ejemplos anteriores, pero que es más notorio en Portugal y vale la pena destacarlo: la
recreación de un tipo de juventud que es capaz de quebrar una corriente que con
Dënver y su video de “Los Adolescentes”aparecía como una de las estéticas
más atractivas para la música chilena actual; esa tendencia a apologizar un
segmento minúsculo de la población (blanco, bello, acomodado, imberbe, siempre
indolente) y que con el tiempo se consagró en el video de “Qué sería” de Francisca Valenzuela. No es hilar fino mencionar este aspecto, porque cuando
hablamos de música popular chilena y su relación con los últimos episodios
sociales, estamos hablando de la forma en que se exhibe el grupo que más
espacio ocupa en esta discusión: los jóvenes.
Otro que recurre a un formato mucho más simple
y directo es SubVerso. El rapero que es conocido por su carrera en Conspirazion
subió al canal de esta banda un tema en nombre de Manuel Gutiérrez, joven de 16
años que fue asesinado por Carabineros
el jueves 25 de agosto, luego de la segunda jornada de paro nacional
encabezado por al CUT. Aparecida sólo cuatro días después, “Rap al despertar”
propone lo que las otras canciones mencionadas no hacen: llamar a la
continuidad del movimiento estudiantil en específico y recordar que lo que hoy
vive Chile no es fruto de un problema pasajero. Mediante un dispositivo
austero, SubVerso es capaz de refrescar las motivaciones de quienes salen a
protestar y de paso devuelve al rap nacional la tarea de funcionar como un
disparador de ideas y críticas duras.
Por otro lado, y ya desde el electropop, Sokio
y Dadalú despliega en “Quiero ser” un cuestionamiento por el futuro. Usando un
pulso acelerado, esta dupla intenta seguirle el paso a un problema que según
ellos no se solucionará recurriendo a la
derecha o a la izquierda. Aparecen ideas sobre el acceso y la calidad de la educación
para situar el tema en lo que está sucediendo hoy, pero al igual que en el caso
de SubVerso, la canción trasluce una queja por el estado de las cosas y la
angustia de intentar pertenecer a un sistema que premia las desigualdades.
Todos estos ejemplos nacen de autores que no
son tan conocidas entre el público, como Mowat o Lila, que es una debutante.
Los Sudacas y Dadalú, pese a pertenecer a determinadas plataformas que
mantienen un grupo fiel de seguidores, tampoco son ejemplos de popularidad.
SubVerso, en tanto, es reconocido por su trayectoria underground y Portugal
recién comienza a ser parte del repertorio oficial. Es decir, en mayor o menor
medida se trata de propuestas marginales, que tampoco consiguen tantos espacios
de visibilización. Sin embargo, estas producciones aisladas comienzan a tomar
cuerpo cuando se informa que Anita Tijoux –una de las cantantes que más
difusión consigue en Chile- declara estar preparando un video “con estudiantes”
para el lanzamiento de una nueva canción. ¿Qué estrategia va de la mano de
estos anuncios? ¿Quién será el próximo en recurrir a esta jugada?
Ahora bien, después de todos estos ejemplos y
ante la llegada de los que están por venir, ¿es menos válido que una banda
utilice las marchas en la
Alameda para grabar un video de una canción que están promocionando?
¿Sería mejor que se guardarán las ideas a favor de las demandas sociales y
continuarán divagando sobre sus sentimientos? ¿Tan evidente es el pop chileno
que ante el menor impulso se transforma en populismo? Es natural que surjan
estos cuestionamientos, pues si hay algo que durante los últimos años ha
caracterizado a la música popular chilena es la carencia de un discurso
reconocible sobre el rol del individuo en el lugar que le toca vivir. Sin
embargo, ninguna de estas preguntas es demasiado útil.
Esta selección de videos y canciones apunta no
tanto a cuestionar cuáles son los objetivos de estos músicos que recortan,
arman y pegan un extracto de la ciudad en sus obras, sino en pensar si es que es
posible que la música chilena funcione como una expresión al servicio del
entorno o si no es más que un eco posterior que se sube a un carro que es tirado por otros.
Revisar estos ejemplos, en consecuencia, apela
a tomar distancia ante la manipulación que puede sufrir un mismo hecho
noticioso (llamémoslo movimiento social) a través de la música popular y
entender que estas creaciones están destinadas a recuperar parceladamente lo
que sucede en otro lugar –en otro plano
más allá de los sonidos, las letras, los cantantes, los videos- en un ejercicio
imposible y tramposo.
No se trata de responsabilizar a los músicos
nacionales de algún tipo de desfachatez por hacer referencias a lo que hoy se
ha vuelto noticia. Tampoco de exigir que productos de este tipo se expandan ni
que se transformen en la versión sonora del espíritu de una época. Bastaría con
reconocer que estamos ante un punto de inflexión en donde la supuesta
oportunidad utópica de fusionar la música con lo social puede concluir, una vez
más, en una moda pasajera.
"Entre la oportunidad y el oportunismo..." también fue publicado en Paniko.cl
El Mapa fue un programa radial universitario entre 2006 y 2009. Actualmente, en este humilde blog se publican críticas de música popular chilena y algunas entrevistas. Contacto: elmaparadio (a) gmail.com Twitter: el_mapa