Componer, editar y publicar un disco gracias al formato casero no es novedad, pero lo curioso es el tipo de propuestas que surgen a partir de este método de creación. Un caso reciente es el de Julio Quiroz, conocido como Newton Rocks y su debut Quasar. En este trabajo de libre descarga –otro detalle que potencia esa atmosfera de autogestión- el DJ devenido en solista expone una electrónica que intenta trepar hasta la cresta del hit y una sensibilidad ensimismada, hija de este sistema a puerta cerrada.
Dividido en once cortes, el álbum es una oda al house y al dance más comercial, un estilo que el autor reinterpreta a partir de referentes populares actuales (Daft Punk) para firmar un grupo de programaciones uniformes que no ceden espacio a tácticas más osadas (salvo en la atractiva y envolvente “Armonías felinas”). Así aparecen “sqrt(1723969);” o “Partículas elementales”, momentos que demuestran el apego del músico por las estructuras simples e inmediatas.
En tanto, a la hora de manipular su voz mediante el uso del talkbox, Newton Rocks agota el recurso y satura sus canciones con un truco que estira durante el grueso de esta media hora. De paso, al mantener su gusto por intervenir las voces, también opaca a Deplasticoverde y Fakuta, invitadas que pierden los matices que las caracterizan al sonar idénticas y robóticas en los coros de “Energía oscura” o “Me gustas”.
Por otro lado, y a cambio de la escasez de riesgos sonoros que expone, el cantante trata de incorporar algunas ideas en sus letras, aunque con ese gesto aflora el carácter autocomplaciente de su narración. Y es que al margen de algunas menciones a los vicios de catalogar nuestro entorno (“Especto de colores”) o la transmisión de un mensaje positivo (“Flip-Flop”), su poesía termina por describir una personalidad encapsulada y que reivindica la experiencia individualista. “Singularidad” es el ejemplo más radical de esa tendencia. Asimismo, la milimétrica densidad del disco se hace notar en “Despega”, canción en la que Dadalú aporta reproches insostenibles sobre la difusión mediática de obras musicales en el país.
Ya que no es una prometedora carta de presentación,
Quasar se entiende mejor como una breve carta de navegación para
Newton Rocks, principiante que se escucha sumido en las fronteras de sus cuatro paredes. Bastaría levantar un poco la mirada para conseguir inyectar más dinamismo a una electrónica que en esta pasada no supera el ejercicio de aficionado.
Crítica publicada en Nacion.cl
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En pleno apogeo de los solistas nacionales hace
un par de años, Ricardo Santibáñez debutó en 2010 con el apodo de Geosónica y
el disco Extrapolar (Independiente),
un trabajo de pop discreto y que mezclaba programaciones electrónicas con la
tendencia acústica de la época. Después de dos años, el autor oriundo de Osorno
vuelve con El influjo (Independiente),
una demostración de su gusto por la producción de estribillos memorables,
aunque con marcados vicios en su relato.
Algo que caracteriza a las doce canciones de
este álbum es la variedad de instrumentos que las sostienen; a la tradicional
guitarra se suman baterías, percusiones, saxo, y otros arreglos que prueban la
evolución del cantante a la hora de estructurar sus composiciones, logro que
abre una notoria brecha en comparación a su debut. Buenos ejemplos son “Vidas
paralelas”, “Mil horas”, “Panamá” y “París”, cortes ricos en sonidos y en los
que el chileno escarba con destreza en sus historias íntimas.
Pese a estos momentos, en el disco también
abundan narraciones zigzagueantes que no
consiguen dar coherencia a la poesía de Geosónica. Así sobran las ensoñaciones y
los versos románticos conectados mediante rimas toscas, tal como se escucha en “Fuego,
casas y recuerdos”, “Parque” o “Nuestra luna”. Por tanto, la poca claridad de
los motivos del cantante –evidentemente amorosos, pero hilados a la fuerza-
hacen que gran parte de este repertorio insista en menciones obvias sobre las
relaciones, la melancolía o la alegría.
En conclusión, las referencias sentimentales que
aparecen una y otra vez en el disco impiden que las buenas melodías de El influjo salgan bien paradas. Esos
tropiezos hacen del osornino un creador en crecimiento, pero aún atorado en un
estilo que –al menos en Chile- ya está
sobrepoblado.
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Cinco canciones le bastan al rapero nacional Gen –apodo de Freddy Olguín (1979)- para elaborar un trabajo a la vez atractivo y propositivo, capaz de unir un estimulante sonido con una idea sobre la cotidianidad casi imposible de rastrear entre los autores de su generación. Se trata de Simulacro (Dilema Industria, 2012), EP que no supera el cuarto de hora y que se puede conseguir a través de descargas gratuitas.
Desde la acelerada y oscura “Introch”, hasta la experimental “Fugaz”, Gen se une a DLA, Antioch, Foex y Kronos JetYawat –todos músicos y compositores- para enriquecer sus rimas gracias a una impecable producción. Con esta compañía, el chileno articula un pequeño tratado sobre la idea del simulacro, esa forma de generar la realidad utilizando el espectáculo y cuyos sustentos no son más que ficciones que se entrelazan para definir lo que entendemos como real.
A la hora de aterrizar estos conceptos, el cantante desarrolla dos momentos claves: “Simulacro Pt.I” y “Simulacro Pt. II”. En estas canciones, Olguín se detiene a pensar en la maraña de señales, signos y montajes (políticos, culturales, económicos) que definen nuestra forma de entender el día a día. Basándose en estribillos memorables y en un correcto uso de ritmos y efectos, Gen consigue que las piezas sorprendan por sus hipnóticas estructuras y por una intensa poesía.
Asimismo, el autor exhibe en “Lugares incorrectos” y en la mencionada “Fugaz” una sensibilidad devastada ante la serie de imposiciones sobre lo cierto y lo falso –muchas de ellas vacías, sin fundamentos- que son aceptadas como naturales. Esa es la mayor fortaleza de Simulacro: reconocer la vaguedad que afecta a toda acción y el efecto que esto genera en la relación entre los sujetos y el entorno, incluidas, claro está, las relaciones afectivas.
En consecuencia, y considerando que la saturación de información nos sorprende una y otra vez con casos de manipulación e historias oficiales reinventadas, el nuevo disco del líder de Dilema Industria sirve para condimentar con una buena dosis de electrónica y hip hop el gusto amargo que recubre la aparente sencillez de lo habitual.
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