miércoles, octubre 22, 2014

Juan Pablo Abalo - Como un animal



En tiempos en los que la lista de publicaciones discográficas en el país no deja de crecer, y mientras una nueva generación de autores termina de instalarse como respuesta lógica al recambio del mercado, cuesta distinguir propuestas que avancen, desarrollen y mantengan cierta cordura estética. Uno de los pocos ejemplos a considerar sería el de Juan Pablo Abalo, crítico, músico y académico que desde su anterior trabajo –el imprescindible “Canciones de Misa” (2012)- viene coqueteando con el formato de canción popular uniendo personalidad, madurez y discurso. El reciente “Como un animal” así lo confirma.

Las nueve canciones del disco instalan a Abalo como  un intérprete de pop solemne, aunque cada vez más liberado de la rigidez clásica de su formación.  El cantante se escucha cómodo y bien producido al ritmo del sintetizador o del piano, sensual junto al pulso de la batería y protegido por violines o  por las cuerdas de una guitarra eléctrica. Las atmósferas en las que se mueve, en tanto, son de una versatilidad convincente: a ratos simples y hasta pegadizas, en otros momentos tristes y opacas.  Así, estas piezas bautizadas como “baladas de amor y misterio” convencen porque logran presentar a un autor que –al menos en esta etapa- se percibe claro y directo en su tarea por ahondar en las piedras angulares del pop: el amor y la muerte.

Sin embargo, en Abalo hay una evidente inclinación por ocupar la anécdota melodramática para hablar de otros asuntos, casi siempre ligados a la pérdida y las desesperanza. La canción que da nombre al disco, por ejemplo, es el canto de una voz oprimida que busca emerger;  “Fracasos” y “Un lugar de paso” hablan de asilamientos y desilusiones, mientras “A cinco cuadras” o “Viuda negra”, con esos aires de crónica roja, refieren a personajes malditos y marginados. Entre esas reflexiones, el autor condensa en “Un lindo jardín” su evidente crítica a las falsas apariencias y el revés macabro de lo cotidiano: “Te casase por inercia, tuviste hijos por inercia, te enamoraste por inercia. Compraste casa por inercia, un auto también por inercia y un lindo jardín”, entona y sentencia al mismo tiempo. 

Al aportar esas visiones al discurso amoroso local, “Como un animal” se distingue como una obra sólida y emotiva, capaz de cautivar sin recurrir a efectismos ni niñerías. Un disco inquietante que ayuda a remecer las somnolientas y edulcoradas aguas del pop local. 

Publicado en El Ciudadano - Octubre 2014 (impreso)

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lunes, julio 28, 2014

Rey Choclo – La dimensión desconocida del lenguaje


La tendencia de los medios informativos a calificar como hedonista a una parte de la producción musical aparecida en el país en los últimos cinco años no termina de ser correcta. Si bien es cierto que entre la mayoría de los nuevos rostros del pop y el rock nacional abunda una retórica superficial asociada a la búsqueda del éxtasis, a la hora de comprender de mejor manera el ánimo de algunas propuestas habría que considerar también el carácter escapista que las define.

Un buen ejemplo de esta relación entre hedonismo y escapismo es el debut de Rey Choclo, “La dimensión desconocida del lenguaje”. Las once canciones que reúne este trabajo intentan mostrar la otra cara de las sensaciones a través de relatos alucinógenos y efectos sonoros que apuntan a la psicodelia. El resultado final, sin embargo, es un espejismo, ya que la promesa inicial del álbum poco a poco se diluye en cortes deslavados, y peor aún, inofensivos.

En poco más de cuarenta minutos, la banda recurre a los ritmos caribeños y africanos que volvieran popular a El Guincho, y que recuerdan (muy de lejos) al histórico Fela Kuti, para cantar sobre playas, romances y otros mensajes positivos. La mezcla se condensa en “Gracias sol”-la mejor pieza del álbum-, un himno de aire jamaicano dedicado a la risa, al baile, y a los micro paraísos inventados por veraneantes. Bajo ese ánimo se  desarrollan historias pequeñas de estados alterados, en donde aparecen insectos, personajes y diversos paisajes naturales. No obstante, y aunque la banda trate de construir un caleidoscopio a partir de estas experiencias, el resultado es poco impresionante.

“Cayendo sobre mí”, “Orillando”, “Araña” o “Globos” son canciones atrapadas en una misma anécdota: el espiral de emociones que provoca el contacto con el cielo o la luna, las celebraciones o las alucinaciones fugaces. No se reconocen más matices en estos cortes, lo que termina por anclar a “La dimensión…” en la orilla más monótona de la diversión.  Tampoco la paleta de sonidos logra superar  las combinaciones vivaces de los primeros minutos del disco, entrampando el resto de la placa en una reiteración de atmósferas y efectos.

Así, lo que pudo ser una apuesta llena de lúcidas composiciones y reflexiones se pierde entre ritmos que a duras penas sostienen la jarana de Rey Choclo. Faltó desborde y locura, pero sobró frivolidad. En otras palabras, una muestra más de cómo la invitación al goce en el panorama local se termina traduciendo en evasión y nunca en revolución.

Publicado en El Ciudadano - Julio 2014

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